Hace unos 26 años mi padre se embarcó en un proyecto de un camping, era un espacio idílico en el Norte de Sevilla, la rivera del Huéznar.

No había muchos cámpings en la zona, se podía llegar en tren desde Sevilla en un viaje de una hora y media. El sitio seleccionado era una bonita fundición, del siglo XVII creo recordar.

Como todo pintaba muy bien, mucha gente puso dinero. Mi padre era un buen gestor y esto daba confianza. Incluso captaron dinero de capital riesgo y también algunas subvenciones. Por último llegaron los inevitables préstamos hipotecarios.

Con el dinero se arregló la fundición, se sembraron árboles, se construyeron unos albergues y unos bungalows y una casa para que viviese una persona de forma perenne, se hizo una piscina de 50 metros, se instaló una carísima depuradora y lógicamente se preparó el camping.

Tras casi dos años de obras, por fin se abrió el camping en el año 1992.

Lo cierto es que el camping funcionó, pero no lo suficiente, ni durante el tiempo suficiente para hacer frente a las deudas, y al poco tiempo la sociedad entró en dificultades y se disolvió, con grandes pérdidas para sus socios.

Lo que podría haber sido un camping pequeño y rentable se había convertido en un monstruo difícil de gestionar.

En 1994, aún con el recuerdo de aquel fracaso, terminé la carrera y comencé a trabajar en la empresa de Macael Cosentino, S.A. La crisis post-Expo era entonces muy, muy dura.

Los impagos de la construcción, la caída de la actividad y sobre todo una nueva fábrica que había costado la extravagante cifra de unos 2.000 millones de pesetas estaban poniendo al borde de la suspensión de pagos a Cosentino.

En esta fábrica se hacían materiales compactos, que se denominaban Marmostone y Silestone.

A mediados de los años 80, Cosentino, S.A. ya era la empresa más grande de la comarca del mármol, su titular era ya entonces uno de los empresarios más destacados de Andalucía y su equipo profesional era sin duda el mejor.

En aquellos años las amplias ganancias de la producción de mármol, eran reinvertidas continuamente en nuevas máquinas, canteras, almacenes e instalaciones.

Pero a finales de esa década Cosentino, S.A. quería dar un salto cualitativo y compró la citada fábrica, endeudándose de una manera importante.

Recuerdo que poco a poco se superó la situación, no sin muchas penurias, tensión, decisiones difíciles, mucha inteligencia y un poco de suerte. A finales de los noventa la empresa estaba de nuevo en la senda del crecimiento para convertirse en lo que es en la actualidad.

Pero la cosa estuvo de poco, de muy poco, como reconoce en cada conferencia el propio Paco Cosentino.

Desde entonces he visto muchas empresas emprender inversiones desmesuradas, demasiadas veces con finales tristes. Quizás Cosentino sea la excepción. De hecho creo que hay una regla: cuanto más capacitado esté la emprendedora o emprendedor en más líos se mete. No sé si es porque no tiene miedo a lo que pueda pasar o porque sobrevalora sus capacidades.

Yo también he fracasado en muchas de las empresas que he montado, pero nunca, al menos hasta ahora, el fracaso ha puesto en duda mi capacidad de seguir hacia delante, porque he aprendido que en un mundo tan complicado como el actual el control del riesgo es un elemento crítico para la supervivencia de toda persona emprendedora.

Ahora las nuevas técnicas de emprendimiento (lean start up) hablan de controlar las inversiones de manera que se pueda fracasar y volver a empezar. Le llaman emprendimiento ligero. 

Pues eso… busca proyectos en los que haya vida aunque fracases y recuerda el título: Engordar para morir.

No montes la multinacional al principio. Empieza pequeño.

(Si quieres más información sobre este concepto te recomiendo que veas el Workshop “¿Puedo yo ser una persona emprendedora?”, disponible en la plataforma CRECE www.crececon.andaluciaemprende.es).

En ella tienes ejemplos de empresas que empezaron demasiado grandes o de emprendedoras y emprendedores que siguen las técnicas del emprendimiento ligero. Y, como siempre, esperamos tus comentarios.