La sequía es el más prosaico de los acontecimientos económicos, tiene la virtud de pasar cada vez más inadvertido por la declinante conciencia que de tal fenómeno climatológico y de sus consecuencias tienen las sociedades urbanas.

Llega sin hacer ruido y desata un sinnúmero de pequeños inconvenientes que con el paso del tiempo se convierten en daños de reparación complicada. Reduce la producción agraria, encarece sus precios y los de la energía, dispara la inflación y recorta los niveles de renta.

En los últimos 25 años España ha acumulado hasta cinco sequías hidrológicas, con series de varios años consecutivos de falta de precipitaciones que han llevado a registrar niveles mínimos de reservas de agua. No somos un país de lluvias abundantes y concentramos la mayor extensión de tierra seca del continente europeo. Y pese a disponer de una aceptable red de embalses, la demanda creciente de recursos hídricos la pone a prueba cada cierto tiempo cuando se encadenan largas temporadas de bajas precipitaciones.

Si la media histórica de lluvias en el conjunto de España es de 648 litros por metro cuadrado y año, el último año hidrológico (los años hidrológicos se computan de primero de octubre a último de septiembre) ha contabilizado 711 litros, ha sido un año bueno después de varios años consecutivos con lluvias por debajo del umbral medio.

Pese a estos resultados positivos del último año, la amenaza de la sequía sigue persistiendo, el consumo de agua avanza sin freno todos los años por el crecimiento demográfico, la expansión inmobiliaria (ralentizada en los últimos años) y el riego insaciable de los cultivos. Todos esos elementos, unidos a unas precipitaciones previsiblemente a la baja en años venideros, hacen prever un futuro marcado por la escasez hídrica, especialmente en la España meridional.

Aunque el peso relativo de los alimentos no elaborados en el IPC no es muy elevado, sí tienen un efecto secundario muy importante sobre la alimentación elaborada, que sí pondera bastante más en dicho índice, y sumando ambos grupos, alimentos frescos y elaborados, nos encontramos casi ante la cuarta parte del total de la cesta de la compra de los españoles.

En el año 2018 los grupos de productos que más subieron sus precios en la cesta de la compra fueron: Las patatas y sus preparados, con un alza del 11,1%, las frutas frescas (+5,9%), las bebidas alcohólicas (+3,5%), el pescado fresco y congelado (+3,4%), las legumbres y hortalizas frescas (+2,7%), el  agua mineral, refrescos y zumos (+2,2%), la carne de vacuno (+1,6%) y el pan (+1,4%).

Como puede apreciarse, las subidas de precios de muchos alimentos se han situado por encima de la inflación interanual a diciembre de 2018, situada en el 1,2%, e incluso por encima de la inflación subyacente, la que excluye alimentos frescos y energía, situada en el 0,9% en esa misma fecha. Este es un fenómeno que se ha replicado en numerosas ocasiones en nuestro país a lo largo de los últimos 25 años, los precios de los alimentos frescos en España suelen sobrepasar siempre la tasa general de inflación.

Pero la sequía prolongada también condiciona otros precios como los de la energía eléctrica en los hogares. Si el frío provoca puntas de precios en la generación de energía eléctrica por el incremento de la demanda, el incremento del agua embalsada amortigua esa subida de precios mediante un incremento de la oferta aumentando la participación de la energía hidroeléctrica en el mix energético total, desplazando a otras energías más caras y contaminantes, y contribuyendo también al aprovechamiento de la energía eólica, que por su condición no acumulable, sólo puede aprovechar su excendentes mediante el uso de esta energía sobrante para el llenado de las presas hidroeléctricas en aquellos momentos en los cuales la producción eólica sobrepasa su consumo.

Como hemos visto, la sequía va contribuyendo de manera constante al incremento de precios alimentarios y costes de producción derivados del consumo energético. Esta subida de precios y costes termina trasladándose al resto de la economía, generando subidas de precios, reducciones salariales en términos reales y deteriorando el diferencial con nuestros competidores, empeorando nuestra balanza de pagos e incrementando nuestra dependencia del crédito exterior.

Por todo lo expuesto, cuando se habla de sequía en términos económicos, no debemos pensar sólo en la merma de la renta de los agricultores, se trata de un fenómeno mucho más amplio que afecta al conjunto de la economía, abriendo una espiral inflacionista que deriva en un recorte en la renta disponible de la mayor parte de la población.

Todo lo dicho confirma que los economistas tienen razón cuando dicen que el mejor aliado que puede tener un gobierno para luchar contra la subida de precios es la lluvia, por sus efectos sobre la cesta de la compra y sobre la factura energética.

Fuente: AEMET, Agronegocios.es.

Autor: José Antonio Fernandez Navarrete